lunes, 7 de enero de 2013


REPALANDORIA DEL EMPRENCIPIO
(ANTE INCIPIENDUM SERMONEM)

A la memoria de mi madre y de mi tío Alfonso,
con quienes hablaba de nuestras cosas
con estas palabras.

El negocio del hablar se compone de tres pilares: las cosas, las palabras que las nombran y los hablantes, que las poseen y las usan. El humanista Juan de Valdés nos convenció hace tiempo de que no había más lengua que “la que nos es natural y que mamamos de las tetas de nuestras madres”. La lengua aquella, que era imagen exacta de nuestras cosas: de las actividades y faenas cotidianas, de los útiles de trabajo, del mobiliario y el ajuar de la casa, del ocio y las fiestas, de las costumbres, de los sentimientos e ideas; de manera que podíamos decir con Borges que "el nombre es arquetipo de la cosa, / en las letras de rosa está la rosa / y todo el Nilo en la palabra Nilo". Sin olvidar a los hablantes, dueños de las cosas y de las palabras que las nombraban, ya que “las palabras -dijo Ortega y Gasset-  no son palabras sino cuando son dichas por alguien”. Los nombres con que la comunidad señalaba y nombraba a sus cosas eran un patrimonio compartido por la familia y todos los nativos de un mismo lugar, se guardaban en la memoria de las gentes, se transmitían como algo sabido e inmutable durante generaciones y se distinguían con pelos y señales del hablar de los aledaños, cuyo vecindario tenía otros gustos, costumbres y tradiciones.
    Pero en unos años, con una celeridad nunca vista, el mundo se ha hecho otro, con un cambio radical de las cosas: usos y costumbres, objetos y utensilios y labores cotidianas han sido suplantados por otros radicalmente nuevos, que han venido acompañados de nombres también nuevos, impuestos por la saña niveladora de los nuevas formas de comunicación, que salvan fuertes y fronteras arrasando lo que antes era propio y distinto. Y así, los viejos nombres, ya desvinculados de las antiguas cosas, han ido languideciendo irremisiblemente, sin que pudiéramos recurrir siquiera a remedios extremos, como los del protagonista de Cien años de soledad que, “con un hisopo entintado marcó cada cosa con su nombre” para luchar contra “las infinitas posibilidades del olvido”.
    Llegados a este punto, ya no nos quedaba más que clamar, no por saber, como Juan Ramón Jiménez, sino por conservar “el nombre exacto, y tuyo y suyo, y mío, de las cosas”. Pero nuestras madres, y nuestros abuelos, y nuestros mayores fueron desapareciendo, y con ellos se fue el alma y la memoria de aquellas cosas, y con ellas se fue también buena parte de sus nombres, mientras que otros quedan, arrumbados y moribundos, en las inhóspitas páginas del diccionario o en las voluntariosas recopilaciones de los palabreros locales, de manera que unos y otros son carne del olvido, si no de la extrañeza o la burla ante quien se atreve a usarlos.
    Las páginas que siguen constituyen una excursión sentimental por la memoria de algunos de estos nombres, unos coloquialismos o vulgarismos castellanos y la mayoría voces del habla popular murciana, que estuvieron vivas, sobre todo en las comarcas del Guadalentín y del Almanzora, no ha mucho tiempo. Por eso, dejamos en segundo plano el estudio riguroso para volar, llevados de las alas del humor y de la nostalgia, al encuentro de aquellas cosas tan conocidas, de aquellas palabras tan sabidas y normales y de aquellas gentes que se fueron con ellas para no volver.

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